Hoy bese a mi abue preferida, una viejita preciosa del asilo llamada Anita. Después de días de no aparecerme, más por imbécil que por falta de tiempo. Me ha dicho Anita con su voz pausada y queda:
Anita lo sabe, talvez todos también lo tengamos claro: Desde la concepción hasta la muerte hay un claro crecimiento con una velocidad máxima que inicia en el nacimiento, al paso de los años esta velocidad es media, baja a una velocidad mínima hasta llegar al alto total. En espera a este punto del alto total, la vida se vuelve contemplativa para todos los adultos mayores. La vida se va hacia dentro. Cada uno de sus sentidos se va despidiendo de su entorno. Al ir poco a poco colapsando, Anita; va creciendo en su vida interior. Se crece con los años hacia dentro. Como me gustaría explicarle mirando sus ojitos pequeños, que el premio de la vejez es contemplar su propio ciclo de vida, buscar la memoria para viajar hacia atrás y así reconciliarse con su propia biografía.
La muerte entraña nacimiento y la vida esta hecha de ciclos infinitos.

